sábado, 2 de junio de 2012

A cualquier precio


Un pequeño pero recurrente dolor de cabeza me atormenta al despertar, para luego convertirse en martillazos que preten-
den deshacerse de mí. No sé dónde me encuentro, todo es extraño, lúgubre, oscuro y frío. No llevo más que un pantalón,
puesto que han poseído todas mis prendas bajo mi inconsciencia. ¿Qué hago aquí? ¿Quién me ha traído? ¿Qué ha pasado, que
no recuerdo nada? En mis brazos encuentro marcas de forcejeo, señales de que luché antes de quedar inconsciente, pero aún
al despejar mi mente a pesar del dolor y recordar, no logro que las imágenes vengan a mi mente.
Me llamo Peter y sigo aquí atrapado. Tengo 20 años y no sé donde me encuentro. Mi familia es pobre pero humilde, no tenemos
muchas posesiones pero sí algo que vale más que el oro: el buen corazón. Mi pueblo es pequeño y todos nos conocemos, nos
saludamos y hablamos como si fueramos familia y compartiéramos la misma mesa noche tras noche. Mis hermanos son menores
que yo, uno tiene 7 y otro 15. Mi madre es una humilde ama de casa y mi padre trabaja en el campo, ganándose la vida como
puede para mantener a su familia. Nos han dado los mejores estudios para que el día de mañana seamos alguien importante y
luchemos por los sueños anhelados que tenemos en mente o incluso que soñamos. Yo quisiera ser juez, dictar las leyes e im-
poner orden a quien realmente lo merece, castigar, por decirlo de alguna manera a aquellos que se atreven a incumplir o
faltar el respeto a los demás. Odio a ese tipo de personas y creo que por una de ellas estoy aquí.
Hace tres días, un amigo de mi padre, en la cantina del pueblo, le contaba cómo maltrataba a su hija por no hacer bien las
tareas del hogar. Yo le respondí que era un cobarde, pues la niña sólo tenía 6 años y toda la vida por delante para apren-
der no lo que él quisiera, si no lo que ella viera adecuado para su futuro. De acuerdo estuvimos en que él es su padre y
tiene que acatar sus órdenes, pero igualmente, él tiene que respetar las de ella, sin violencia, puesto que eso no es una
buena educación y eso no se lo tomó a bien, que digamos.
La disputa terminó en manos. No sé cómo me vi implicado en una pelea sólo por expresar mi opinión, que era correcta. Al
darme cuenta ya estaba en el suelo sangrando por la nariz y mientras unos hombres altos y fuertes agarraban a mi adver-
sario, me gritaba: "No vuelvas a meterte donde no te llaman, ¿de acuerdo, niñato?".
De camino a casa mi padre me contó que yo había hablado bien de dicho tema y no había faltado el respeto a nadie, puesto
que me daba toda la razón y de haber sabido que ese hombre reaccionaría de tal forma, hubiera ceerrado mi piquito de oro,
así me hubiera ahorrado el golpe.
Al cabo de tres días, en el pueblo corre la noticia de que la hija de mi agresor muere, por su culpa, claro está. Su padre
dijo que calló por las escaleras y se mató, pero su madre y las heridas de la misma y las de su hija no decían lo mismo,
sino todo lo contrario. No quise quedarme callado y le denuncié a la policía por abuso de menor, asesinato de la misma
y maltrato hacia la mujer. Los polícías tomaron nota y me fui tranquilo a casa.
Por la mañana del día siguiente, después de que pasara el velatorio y el entierro, la madre de la niña muerta vino a mi
morada en mi busca y sus palabras fueron las siguientes: "Tienes que irte de este pueblo, a otro mcho más lejano, puesto
que mi marido se ha enterado de la denuncia que le has puesto y te anda buscando para matarte y deshacerse de ti. ¡Huye
niño, huye!". Sus palabras, llantos y expresiones me dieron tanto miedo que expliqué dicho relato a mi familia y con un
nudo en garganta y pecho salí de la ciudad a lomos del caballo más ágil que pude encontrar.
Llevaba cuatro días fuera solamente parando las noches para descansar en un sitio alejado, oscuro y seguro donde nadie me
viera. De repente, cuando estaba en mi dulce sueño sentí una sacudida a mis espaldas que me elevaba hacia el aire. A partir
de ahí no recuerdo más, sólo haberme despertado en este lugar sucio, oscuro y feo.
Tengo la sensación de que ha sido ese hombre el que me ha traído aquí sin ningún sustento para dejarme morir de la manera
más cruel que se le ha pasado por la cabeza en su momento de ira, o a lo mejor se le ocurre otra peor, me saca de aquí y
me tortura, ¿quién sabe?
Mi destino va a ser morir. Digo adiós a todos mis sueños, a mis hermanos, a mis padres, a mis amigos, a mi cuerpo. Siento
que me elevo hacia el aire, pero sólo es la sensación de que mi alma deja mi cuerpo para descansar en paz, pero a pesar
de todo muero tranquilo por que he logrado hacer el bien sin importarme el precio que he tenido que pagar.








Amor en la eternidad



Frente a tu olor no sé qué pensar,
frente a tu mirar
me pierdo en un inmenso mar.
Quiero descansar,
reír, llorar,
volar, soñar...
Sentir cosas que no pueda olvidar,
besos y caricias que me hagan flotar
junto a tus sonrisas que me dejan sin respirar.

Amar es cosa de dos,
algo sobre la unión,
respeto y compasión.

Cada día pienso en ti,
en cómo será mi vida si tú no estás aquí
y si algún día seré feliz.

¿Sabrías decirme, amor
cómo apartar de mí el dolor
para poder ser feliz los dos?











Condenada























Sin saber por qué
te colaste en mis sueños,
te hiciste dueño
de mis pensamientos
alejando de mí
todo recuerdo,
ya fuera malo o bueno.

Te volviste autoritario,
nervioso y malhumorado,
me gritabas a diario
y parecías cansado.

No tuve culpa de tus enfados,
insultos,
golpes o arañazos,
solamente pretendía
estar a tu lado.

Demasiado tarde fue cuando reaccioné,
pues mi amor se fue con él
y lo que no es amor, también.

Condenada me tuvo
y aún hoy me retiene,
echando por un tubo
mi situación impotente.

¡Qué dolor tan grande siento
aún estando muerta,
que ni siento ni padezco
esta vida maltrecha!

Sueño recurrente

-¿Por qué estás aquí, Dayane?- me preguntó el psicológo como si fuera amiga suya desde la infancia.
-Por que tengo un sueño que me atormenta por las noches, no me deja descansar y siento terror, pánico, ganas de llorar...
-Recuéstate en la butaca, cierra los ojos y cuéntame lo que pasa en tu sueño como si estuvieras soñando, como si estuvieras
en él- dijo con soltura.
Entonces, olvidando que no le conocía de nada y no le importaba mi vida, por que a fin de cuentas le pagarán igual, empecé
a contar lo que yo llamo "sueño recurrente".
-Verá, sueño que tengo cuatro años y estoy en mi antigua casa, una de esas casas terreras antiguas que parecen cachibaches
en vez de casas. Me deposito en el salón y llegan mis padres. Están separados. Con mi padre nunca tuve confianza, cariño ni
trato, pues ni él me quería ni yo le apreciaba, pues prefería a mi hermana que ha sido siempre su niña mimada. Vamos, se
puede decir que rechazo absoluto por su parte hacia mí, y cuando me di cuenta dolió, pero no tardé en reaccionar y no tomarle
importancia, pues para mí sólo hay un ídolo, que es mi madre, que me ha sacado siempre adelante.
-Tienes una gran admiración a tu madre- dijo sonriendo-, eso es bueno. Sigue contándome el sueño.
-Mis padres están uno en frente del otro y yo en medio, mirándoles cara a cara. De repente se empiezan a insultar y como es
de esperar, es mi padre el que empieza por su borrachera y las mentiras de la gente.
-¿Cómo que las mentiras de la gente?
-Sí, verá, antes mi madre salía por las noches con mi tío a bailar y mi padre llegaba borracho y preguntaba por mi madre,
entonces, mi hermana la mimada, le decía mentiras diciéndole a mi padre que mamá se había ido con otro y le estaba poniendo
los cuernos cuando era totalmente al revés, era él el que se iba de fiesta con sus amigas, las rameras.
-¿Lo que me estás contando, pasó en la realidad Dayane?
-Sí, esa parte del sueño es realidad. Mi padre borracho, mi hermana mimada, mi madre destrozada...
-¿Quieres decir que esa parte del sueño es pura realidad?- dijo apuntando con su puño y letra en un cuadernito pequeño.
-Creo que no me entiende, le he dicho que sí- dije desepserada por su falta de entendimiento.
-De acuerdo, sigue, por favor- dijo sin apartar la vista del cuaderno.
-Bueno, pues cuando empiezan a insultarse lo hacen en un tono normal, pero luego las palabras se reelentizan, o sea,
a cámara lenta y luego se insultan muy rápido, como una canción que se acelera. Yo no sé qué hacer y me pongo a llorar,
pero ellos siguen discutiendo a pesar de que yo estoy llorando y sigo delante de ellos. Me levanto de un sobresalto y me
encuentro sudando y llorando.
-Entiendo perfectamente. ¿Puedo hacerte una pregunta, Dayane?
-Claro que sí.
-¿Tu padre maltrataba a tu madre?
-Sí y mucho- dije temerosa.
-¿Alguna vez has visto pegarle?
-Sólo lo vi una vez y me sirvió para darme cuenta de que le odiaba.
-Tiene toda su lógica, lo comprendo, ¿pero hasta tal punto para odiarle?
-¡Por supuesto!- exclamé indignada- Encima de que no me quería, para él solo existía mi hermana, nunca me hizo caso, encima,
le levanta la mano a mi madre, ¡venga hombre!
-Está bien, vamos a relajarnos. Respira profundamente y suelta el aire por la boca.
Hice caso a regañadientes.
-¿Mejor?- preguntó.
-Sí, creo que sí.
-Cuéntame,¿cómo viste a tu padre levantarle la mano a tu madre?
-Un día como otro cualquiera, teniedo yo cuatro años y estaba con mi hermana y unos amigos de ella. Nos encontrábamos en casa
tan tranquilos cuando de repente mi hermana me saca a la calle con sus amigos y nos quedamos allí tirados. De repente, de mi
casa se oyen los gritos de mi madre y los insultos de mi padre. Mi hermana entra corriendo y a mí me deja fuera con sus
amigos, para que no viera nada. En un descuido de mis "geniales" cuidadores, entré en casa corriendo y me dirigí hacia el
estallido que se acababa de producir- de repente empecé a llorar descontroladamente.
-Con calma, ¿qué vistes?- dijo con una voz dulce y tranquilizadora.
-Vi a mi padre cogiendo por el cuello a mi madre y estampándola contra la pared. Es una imagen que nunca se borrará de mi
mente- dije entre sollozos.
De repente, lo que nunca pensé que haría un desconocido, lo hizo aquel tipo. Se levantó de su silla, dejó su cuaderno y
abrazándome fuerte y dulcemente, me dijo:
-Tranquila, ya no pasarás más por ahí. Me gustaría conocer a tu madre, ¿sigue viva?
-Sí- dije algo más calmada.


sábado, 25 de febrero de 2012

Sentimientos rotos






Hoy no estás aquí
y no paro de llorar,
no te alejes de mí
quiero volver a amar.
Un adiós, una caricia,
un hasta luego y una sonrisa.
Veo que no te afecta mi dolor
pero a mí sí tu perdición.
Ámame, no me dejes caer,
dame una palabra que me haga enloquecer.
Quiero sentir tu cuerpo;
aquí te espero
para volver a besarte,
abrazarte, acariciarte...
Tus caricias me hacían mujer,
hoy siento que no me quieres como ayer,
que todo pasó,
que de mí se olvidó,
no se acordó.
Soy como un vagabundo
voy y vengo sin nungún rumbo.
Si me dijeras de volver
no iría corriendo,
me quedaría viendo el amanecer
y analizando mis sentimientos.

Enséñame a amar.

Quiero pensar que esto no es real
darte un beso y despertar,
soñar que estás junto a mí
que nunca te irás de aquí.
No puedo más
hoy quiero despertar,
imaginar,
soñar y volar.
Junto a ti quiero vivir,
sentir, reír y sufrir.
Poder besar tus labios,
tocar tu cuerpo,
ser sinceros
y volar hacia lo eterno.
Coge mi mano y llévame contigo
quiero que unamos nuestro destino.
Hoy me pongo a pensar
y sé que eres la persona ideal
con quien quiero estar,
y lograr mi felicidad
enseñándonos a amar
Un mundo de ilusión
lleno de amor
en el que reinemos tú y yo.
Bésame fuerte,
lee mi mente
dice que te quiere,
que espera volver a verte.
Tus ojos son destellos
mi vida se va en ellos.


jueves, 29 de diciembre de 2011

Historia de un adolescente


Desde pequeño he estado en un hospital, parte de mi vida se quedó encerrada allí. Antes de seguir contando mi historia quiero presentarme, me llamo Juan Miguel y tengo dieciséis años.
Cuando nací tuve una enfermedad llamada “hidrocefalia”, no fue hederitaria, fue una complicación en el parto, choque en alguna parte de la vagina de mi madre. Cuando salí de su vientre, cuando me dio a luz, mi cabeza había aumentado de tamaño exageradamente, pues el líquido se quedo dentro de mí y fue directo a mi cabeza, haciéndome desde ese momento, diferente a los demás y condenando mi vida.
Mi madre decidió salvarme y hoy día se lo agradezco, por que hoy estoy vivo gracias a ella.
Al nacer me metieron en una incuvadora hasta que el médico me llevó a una sala grande y blanca, me dormí a los pocos minutos. Cuando desperté mi cabeza seguía igual y mi madre lloraba y sonreía a la vez junto a mí.
Me hice grande, un niño grande y me contaron mi historia. Me contaron que cuando me metieron en esa habitación me pusieron una inyección para sacar el líquido que hacía a mi cabeza gigante. Una vez fuera ese líquido me rajaron por las dos partes de la barriga, derecha e izquierda y me metiron un cable, ese cable llegaba hasta la cabeza. Por supuesto, también me rajaron por la cabeza para poder poner la bálbula que controla el líquido que tiene mi cabeza. Ésa fue una de las operaciones que tuve.
Tuve suerte y mi cabeza fue haciéndose normal. Hasta que llegó el momento en que tuvieron que cambiarme la bálbula. En el quirófano hubo una complicación, pues mi otro caquetete, que así es como llamaban al cable que tenía en mi interior, estaba atascado, no podían sacarlo. No hubo otro remedio y me metieron otro a la fuerza, como pudieron. Con lo cual, hoy cuento con dos caquetetes en mi interior. Uno regula la bálbula y otro está atascado por mi cuerpo, Dios sabe dónde.
También me contaron que tuvieron que operarme el ojo izquierdo por que el líquido de mi cabeza había paralizado el nervio del ojo. De esa operación también salí sano y salvo, pues conservé mi ojo en perfecto estado.
Ahora mismo estaréis pensando que vaya vida más chunga que tengo, ¿no? Pues para seros sincero, sí, las he pasado fatal, pero pese a todo estoy aquí de pie. Mi cuerpo ha aguantado catorce operaciones: una de ojo y trece de cabeza. Mi cabeza es normal, ni grande ni pequeña. Sigo con la bálbula por supuesto, pues sin ella no sé qué haría, incluso, si me tocas la parte derecha de la cabeza la notarás, pero por y gracias a ella hoy sigo aquí.
Esta enfermedad me ha limitado, pues tengo que tener cuidado con los golpes que me doy en la cabeza e incluso a los deportes que juego. Al mínimo dolor de cabeza ya estoy en el hospital, es más ya lo considero como un hogar, no me asusta estar en una de esas camillas.
Muchas veces he sido objeto de burla, si estáis pensando eso. Sí, ha dolido, he llorado, me he derrumbado pero...¿sabéis qué? ESTOY VIVO. Me da exactamente igual lo que digan los demás, he pasado por demasiadas cosas como para preocuparme por un jilipollas que se venga a meter con mis discapacidades, aunque yo no las considero así.
Tengo a mi familia, a mis amigos y a mi novia que a pesar de saber lo que tengo me tratan como a un igual, y con ellos me siento así: SOMOS IGUALES.
Mi historia no es para llorar por mucho que haya pasado, mi historia es para que sepáis y para apoyar a los que están igual e incluso peor. Hay que salir adelante y luchar por vivir.
Tengo dieciséis años y no sé cuántas operaciones me quedan todavía por aguantar, pero sé que podré con ellas, por que cuando me derrumbe pensaré: “Tengo familia, amigos y novia que me apoyan, mi vida merece la pena y VOY A VIVIR”.
La vida es lo más bello que nos puede pasar, no la dejéis escapar. Por supuesto, yo no la dejaré escapar tan fácilmente pase lo que pase o venga lo que me venga.

Historia real.